Un hogar es ese sitio con techo y paredes que te resguardan
cada día del sol y de la lluvia. Es ese sillón desde donde en invierno sientes
el calor de la chimenea y en verano la brisa fresca que entra por la ventana.
Un hogar es esa escalera en la que siempre tropiezas con una sonrisa o esos
pasillos donde los juguetes tienen vida propia. Pero un hogar es mucho más que
un puñado de habitaciones, son los momentos que vives en ellas. Cuando tu hijo
tiene miedo y le ayudas a dormir leyéndole un cuento o cuando una niña que está
sola en el mundo te dibuja como parte de su propia familia. Y no hace falta
tener lazos de sangre para crear un hogar, cuando menos te lo esperas todos
estos momentos crean otros lazos, invisibles, pero indestructibles. Como cuidar
con cariño los unos de los otros, ayudar a quien lo necesita sin pedir nada a
cambio o apoyarse siempre los unos en los otros. Juntos, unidos como un equipo.
En los buenos momentos y en los malos. Porque hasta en los peores momentos esos
lazos te dan fuerza para seguir adelante. Para apretar los dientes y aguantar.
Para pensar que si sales de esta podrás volver al hogar.
A veces la vida nos deja fríos e intenta alejarnos de casa,
pero si sigues pensando en los tuyos, mantener vivo el calor del hogar es aún
posible. Tienes que mirar a los ojos del otro cuando tiene miedo para darle
tranquilidad. Tienes que tragar saliva y pelear, aunque te pase factura. Porque
ningún precio es demasiado alto si consigues lo que más te importa en la vida.
Tienes que esforzarte y salir adelante sin rendirte. Aunque haya gente que no
entienda tu lucha. Que intente a toda costa que no avances.
Si haces todas estas cosas, tu hogar siempre seguirá vivo.
Porque un hogar no son unos cuantos metros cuadrados, ni unas bonitas vistas,
ni los felpudos de bienvenida. Un hogar, son los lazos invisibles que nos unen
a nuestra gente. Y eso aunque lo intenten, no lo puede destruir nadie.
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