De repente fue como si el clamor de la
multitud, el eco del timbre final, el aliento de mis compañeros de equipo
estuvieran sonando desde muy lejos y lo que quedaba en ese extraño y apagado
silencio fuera solo Peyton, la chica cuyo arte, pasión y belleza habían
cambiado mi vida. En ese momento mi triunfo, no fue el campeonato estatal sino
la simple claridad. El darme cuenta de que siempre fuimos el uno para el otro y
cualquier instinto de lo contrario habría sido negar la siguiente verdad: Ahora
estoy y siempre estaré enamorado de Peyton Sawyer.
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